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Cuando niña tuve un sueño: ser actriz de cine.
Hubo una razón para ello, mi padre, cinéfilo por
excelencia, nos solía llevar al cine muy a
menudo.
Recuerdo a los seis años una película que se
grabó en mi corazón: "El 41".
No alcanzo a recordar si la entendí pero solo sé
que en el instante mismo de verla era yo la
heroína de la pantalla.
Lo que sí recuerdo con una asombrosa nitidez, es
que al despedirme de mi padre, que partía esa
misma noche por razones de trabajo, le susurré a
su oído "papá, cuando sea grande seré actriz de
cine", creo que en ése deseo no había implícito
ninguna dimensión de la palabra actor ni el
deseo del éxito o la fama, todo lo contrario, lo
que más me atrapaba era poder desdoblarme con
cada historia, estar en la piel de mis heroínas,
ser mil personajes y a la vez ninguno, poder
vivir mil vidas, transformarme.
Así pasó mi infancia, sumergida en esa
irrealidad (realidad de película).
Mi imaginario a veces se hacía incontrolable,
fantaseaba cosas en mi diario, escribía poemas y
cuentos y me convertía en la voz de muñecos de
papel que yo misma fabricaba haciéndoles vivir
historias cotidianas o no, donde la realidad se
mezclaba con la fantasía en un mundo para mí
totalmente lógico.
A los ocho años nos mudamos a un pequeño pueblo:
Km 404 Villa Cacique, a una hora de tren de la
ciudad de Tandil, fueron dos años, los más
felices de mi infancia, el lugar respondió
totalmente a mi fabulario infantil: bicicleta,
caballos, arena, médanos, viento, nieve,
animales, pájaros, estancias, mayordomos,
gauchos y silos abandonados, altos y majestuosos
en los cuales subía a la hora de la siesta.
Un recuerdo, una imagen: sentada en el centro de
un gran círculo, ventanas de hierro lo rodeaban,
el sol filtrándose por los ventanales rotos y
miles de palomas volando a mi alrededor, me
acostaba con los ojos perdidos en la cúspide
herrumbrada llena de estructuras retorcidas
mientras el sueño me vencía hipnotizada bajo el
arrullo de las palomas.
Ese espacio maravilloso fue mi primer espacio
escenográfico, irreal-real y a la vez virtual,
lúdico, mágico, emotivo, soñado; nada había en
él y sin embargo lo contenía todo, esa especie
de penumbra iluminada por la luz natural donde
se confundía la densidad y la diafanidad de la
atmósfera cual un templo o una catedral gótica.
De aquella imagen pasaron muchas otras, más
reales y concretas, pero desde el año 1973
cuando supe que existía en la Universidad
Nacional de Córdoba una carrera cuyo nombre era
"Escenografía", comprendí que más allá de ser
aquella niña que soñaba poder interpretar mil
vidas, deseaba proyectar mis propias imágenes
soñadas, las que se irían volviendo realidad
como una escritura en un espacio tridimensional
de una realidad-otra para la magia del
espectador.
Así fue como comencé mi carrera respaldada con
maestros de la talla como: Carlota Beitía, Saulo
Benavente, Ivo Oyola Ortega, Lisandro Selva,
entre otros.-
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